La maternidad tranquila

La llegada de un bebé a la familia es, primero una bendición y después una oportunidad única de crecimiento. En mi segunda maternidad y mis 41 años la tranquilidad y el placer y la contemplación van de la mano. Sirva este espacio para reflexionar sobre la maternidad tranquila, sin culpas, sin expectativas, sin cargas innecesarias.
Tus aportaciones son bienvenidas, así que, si lo deseas, comparte-te, fluye y disfruta.
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viernes, 20 de julio de 2012

Crianza consciente


Cuando devenimos madres o padres, en el momento en que miramos por primera vez los ojos de nuestro pequeño recién nacido, comenzamos a transitar por un camino de esperanza y temores, alegrías y anhelos, descubrimientos y dolor.

Cuando nos hacemos padres o madres, la vida  nos regala una segunda oportunidad para crecer, evolucionar y comprender mejor nuestra propia biografía. Desde nuestro nacimiento, y a través de cada interacción que mantenemos con nuestros padres, vamos configurando las bases de nuestro estar en el mundo. Creamos una forma de relacionarnos en función de estas interacciones primarias. En nuestro interior aguarda todo ese contenido de reacciones, emociones y respuestas. Cuando somos padres, todo ese mundo interior vivido en la primera infancia nos asalta y nos atrapa por completo.  La mayor parte de esas interacciones y contenido forman parte de nuestro inconsciente, no están elaborados de forma adulta, no hemos trabajado con ellas, ni las hemos visto ni hemos podido trascenderlas. La madre y el padre de nuestra primera infancia, las vivencias que tuvimos con ellos, están en nuestro interior agazapadas esperando cualquier oportunidad para expresarse y ser representadas.
Solo así se explica cómo es posible que muchas madres y padres que deciden educar desde la crianza denominada natural o con apego, se encuentran con la desesperación, accesos de ira y la sensación de agotamiento que acompañan a una crianza exigente e idealizada que en nada (o en poco) se parece a su día a día. 
Todo ese contenido inconsciente puede manifestarse tanto en la repetición de la forma de educación recibida como en la oposición y rechazo a esa misma forma. Un ejemplo: Si me han educado a golpes y yo concibo la vida con ese nivel de violencia integrada, criaré a mi hijo con ese mismo índice. No me saldré del guión de la educación recibida porque no tendré herramientas necesarias para poder dilucidar y criticar el sistema impuesto. Cuando interaccione con mi hijo, no sólo estaré yo (como su madre) sino también mi madre y mi padre y las interacciones con ellos mantenidas que forman parte de mi inconsciente. De esta manera, si le preguntas a muchos padres porqué pegan a sus hijos, lo más probable es que repitan las mismas frases que sus padres les decían a ellos y que han integrado como propias y pertenecen a su inconsciente.

Pero si después de haber sido criada en la violencia y, tras un análisis de la situación que me permite discernir un nuevo "correcto e incorrecto",  yo decido educar a mis hijos de forma diferente (sin usar la violencia física), cada vez que interacciono con mis hijos, de igual manera que en el caso anterior, mi madre y padre seguirán estando presentes en mi relación con él. Lo más probable es que cuando me relacione con mi hijo en los momentos en que he de regular una situación, no encuentre la fuerza adecuada para hacerlo porque temeré que mi acción sea interpretada como violenta. Seré una estilo de madre sobreprotectora, débil, manipuladora, pasiva... Y el resultado de esta actitud es paradójico. 

En mis cursos conozco a cientos de mujeres, muchas de las cuales son madres. Y es habitual que, de vez en cuando, una madre de hijos (sobre todo varones) cuente que se siente intimidada e, incluso, agredida por sus hijos adolescentes. Y todas aseguran haber tratado con respeto a esos niños, incluso han cambiado de ciudad por ellos, les han educado como a ellas no les educaron antes, les han dado lo que tenían en sus manos, pero ahora, reciben como respuesta violencia. Y es paradójico cómo esos niños que nunca han sido maltratados físicamente, responden ahora con las armas que las madres intentaban evitar a toda costa. 

Cada respuesta que esa madre dé, no será la respuesta que la situación realmente requiere, sino el producto de un contenido (en gran parte inconsciente) de la relación con sus propios padres. Y esto hace que, en primer lugar, nos agotemos física y emocionalmente intentando sostener quienes no somos y, además, como en el ejemplo anterior, la consecuencia es que no estamos “mirando” a nuestro hijo con una mirada neutra, sino configurada por las experiencias pasadas.

Y esto crea en los niños tensión, ira y abatimiento. Los niños saben que su madre y su padre no lo oyen, no lo miran, no lo comprenden. Que cuando responden los adultos a una demanda del niño, no están dando una respuesta correcta, sino viviendo en la hipnosis del pasado y filtrando la información del “aquí y ahora” por oscuros laberintos. 

No hay reglas para ser madres y padres. Pero señalaría como uno de los aspectos más importantes de la crianza y la educación, es el ser adultos dispuestos a crecer, incluso aunque duela, incluso aunque sea incómodo.

Entonces podríamos decir: Hijo, no te he dado una infancia perfecta ni tu vida ha sido un camino de rosas, pero lo único que puedo decirle ahora es que sigo creciendo, que tu padre o tu madre se mira todos los días al espejo y se respeta, que cada día, a pesar del dolor, me descubro y que mi “intento”  es seguir avanzando para ser más humana, más Yo… y en este camino, podré encontrarme de forma consciente y objetiva con otro ser humano, que resultó ser mi hijo... al fin sin interferencias del pasado.

1 comentario:

Silvia Durá dijo...

¡Profunda reflexión, Mónica! Y creo que muy acertada.